Revista nº 858
ISSN 1885-6039

Canarias y América.

Domingo, 13 de Junio de 2004
Francisco Aznar (Catedrático de la Universidad de La Laguna)
Publicado en el número 4

Tal vez, uno de los aspectos más notable de la idiosincrasia, de nosotros los canarios, sea nuestro singular concepto del universo. Nuestra percepción, pero sobre todo nuestro sentido del tiempo y del espacio, de la historia y de la geografía, que se han visto condicionados, desde siempre, por una cultura de viajes y tornaviajes, que impregnan y conforman nuestra conciencia como Pueblo.



Son esos condicionantes y esa memoria los que han forjado el carácter abierto, liberal y cosmopolita de nuestra Gente. Y es, también, esa idiosincrasia y esa memoria la que nos llevamos, allí donde la sangre o la fortuna nos llamo, sembrando copiosamente por vocación y por destino, los campos de la otra patria americana, con los frutos del mestizaje y del trabajo, para componer esa gesta grandiosa, aún no bien cantada, que es la de los canarios de la diáspora El drástico cambio de rumbo que experimentaron los intereses de la Corona Española, una vez abiertas las puertas del Nuevo Mundo, supuso también para canarias un giro radical en lo que parecía ser su destino natural: el África.

De tal modo que Canarias paso a convertirse, desde ese momento, en imprescindible punto de escala, en necesario centro operativo, en prodigo almacén de avituallamiento, y en lugar entrada y salida de personas y de ideas, operación esta del ir y venir, que ha terminado por ser una parte sustancial de nosotros mismos. De esta manera Canarias se vio empujada a perpetuarse más allá de si mismas, cruzando el Atlántico, traspasando su propia realidad geográfica para proyectarse en América, foco de todos sus sueños, anhelos y esperanzas, haciendo de la emigración una parte sustancial de su proceso histórico.

Así y al amparo de nuestros propios sueños los canarios hemos encontrado, durante los últimos quinientos años, en el viaje y la expatriación, la solución siempre recurrente, ante el cúmulo de situaciones inciertas o extremas, de las que tan profusamente esta jalonada nuestra historia y que van desde la pertinaz presencia de la hambruna a los dramáticos cataclismos naturales, que impedían el normal desarrollo de la existencia y nos empujaban a encontrar allá la única opción posible para la supervivencia. De modo que, el privilegio del que históricamente disfruto canarias, de poder comercia libremente con los puertos americanos, no fue tal, puesto que siempre estuvo vinculado, como contrapartida, a la necesidad de la Corona de colonizar las Indias.

La política poblacional emprendida por la Corona desde los primeros años de la conquista, respondió a la exigencia de afianzar la posesión de zonas críticas del territorio, o bien a la necesidad de actuar para sostenerlas ante el avance o la reclamación de otras potencias extranjeras. En tal sentido se dicta la Real Cédula expedida en 1678, conocida como tributo de sangre, por la que se obliga a que cinco familias canarias se embarquen hacia el nuevo mundo por cada cien toneladas de mercaderías despachadas hacia aquellos puertos. Así, si bien es verdad que en las Indias, un numero muy destacado de canarios ocuparon importantes cargos, civiles, religiosos y militares, no es menos cierto que la inmensa mayoría de ellos se desempeñaron principalmente como colonos y pobladores, fundadores prolijos de ciudades, villas y pueblos a todo lo largo del Nuevo Continente.

Este proceso fue especialmente notorio a lo largo de los siglos XVII y XVIII, durante los cual grandes contingentes de familias canarias pueblan las áreas incentivadas por la Corona. Así Cuba, Venezuela, Puerto Rico, Santo Domingo, Florida, Texas, Luisiana, y Uruguay se constituyen en los principales centros receptores de esta corriente emigratoria. Luego, a partir de las últimas décadas del siglo XVIII, consecuencia de la gran crisis del vino y apoyándose en el decreto de libre comercio de 1778, se produce un nuevo y destacado incremento de la corriente emigratoria, si bien ahora con un marcado acento individual, más que familiar, cuyo destino fue México, Venezuela, el Río de la Plata y Cuba. Circunstancia esta que se mantiene, básicamente, en el discurrir de la corriente emigratoria que abarca todo el siglo XIX y que llega hasta la primera mitad del XX.

El futuro, esa tentativa de destino incierto, que con tanto ahínco buscaron nuestros mayores en América, donde siempre lucieron con orgullo y señorío el gentilicio canario, se materializo en la esencia misma de la canariedad, que ni se explica ni se entiende sin ese primordial componente que representa la Canarias del exterior. Que ha dado como resultado una fuerte influencia mutua en los distintos aspectos de la vida social, económica y cultural, tanto en Canarias como en los países latinoamericanos y que son las conforman y configuran hoy nuestro particular sentido de la vida.

Que su ejemplo y su legado nos anime para que podamos todos juntos, los de allá y los de acá, como pueblo, sentirnos orgullosos de lo que fuimos, confiados en lo que somos y esperanzados en lo que podemos ser.

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