Revista nº 675
ISSN 1885-6039

Casa de labranza en La Laguna.

Miércoles, 11 de Enero de 2017
Pedro Molina Ramos
Publicado en el número 661

En un pasado muy reciente la forma de vida dentro del mundo rural tenía muchas peculiaridades que, refrescando la memoria, a continuación vamos a exponer...

 

 

Normalmente los ganaderos, agricultores o labradores vivían en fincas que no eran de ellos, y trabajaban en calidad de medianeros o arrendatarios. El trabajo significaba cerrar parte de un ecosistema donde lo que se necesitaba se producía, manteniendo un equilibrio sostenible. Estas viviendas se caracterizan por sus componentes: están insertas en la tierra, al igual que la cuadra (para vacas o bestias); estercolero; bodega; gallinero; conejera; goro del cochino; colgadizo donde se guardaban los aperos y se colgaban los sacos y el millo para secar; corral para las cabras y, normalmente, perros y gatos, encargándose estos últimos de eliminar los ratones.

 

Tenían las vacas que necesitaban para trabajar en las fincas, las que la base territorial les permitía; las crías de las vacas servían para reponer a los animales viejos, o se vendían para pagar las rentas o la contribución. En el caso de los medianeros, tanto las crías como la leche eran al 50% con el dueño de la propiedad. Era frecuente que hubiera gallinas, los huevos eran también de medias; y conejos en la misma forma.

 

En las orillas de las fincas se tenían árboles frutales: higueras, perales, manzaneros, ciruelos, viña, limoneros… dependiendo del lugar, ejemplares adaptados a su piso bioclimático. Además, plantaban pencones (tuneras) de higos picos ya que estos se utilizaban no solo como fruta, sino también como comida para los animales (las pencas se barren y se pican).

 

Los cultivos se ordenaban y se empezaba el año agrícola en el mes de septiembre, momento en el que los chochos se cultivaban en los nateros en los que después se sembrará el millo. Se lleva a cabo a finales de septiembre o principios de octubre, se trata de los chochos para enterrar (los de semilla y gasto para el ganado se sembraban en noviembre); a la siembra de los chochos se le conoce con el nombre de achochar. Una vez enterrados, se cruza la tierra (ararla en sentido contrario al que se llevó a cabo con los chochos).

 

Después se sembraba el arcancel —combinación de semillas, que no son de primera calidad, de trigo, centeno, avena, habas… para alimento del ganado— y sembraban las papas inverneras. Unos quince días después se sacaba el estiércol en carretas y se colocaba en montones sobre el terreno para, posteriormente, tenderlo a mano, estando ya las tierras preparadas para empezar a barbechar. Las que habían estado sembradas de chochos, eran las reservadas para la siembra de trigo y avena para el año siguiente.

 

Era también en el mes de septiembre cuando se arrancaban los chochos, de noche, para, al día siguiente, majarlos en la era, colocando los jaces alrededor de la misma; al centro iban cayendo los chochos y las vainas, la leña quedaba en el mismo sitio donde se colocó y, normalmente, otra persona la iba acumulando en las proximidades, formando otra era paralela en la que se pasaba el carro con las vacas para trillar la leña. Para llevar a cabo esta faena debía hacer mucho calor para facilitar la apertura de la vaina y la caída del grano. Una vez trillada la leña, se recogía en royeras, hechas de manera que, cuando llovía, el agua escurría y no se mojaba la parte interna de la royera; la leña de los chochos posibilitaba cama para el ganado durante todo el año.

 

 

Esta tarea se puede hacer en la tierra, una vez preparado el lugar para hacer una era, normalmente se ponía en el suelo un encerado de unos cuatro metros por cada lado y se ayudaban unos a otros, o bien en la casa, transportando los chochos en jaces en una carreta con tapiales o en camiones.

 

Como era una labor en la que participaban los vecinos, se ayudaban unos a otros, podía durar más de un mes. Normalmente eran las mujeres quienes los arrancaban y hacían los jaces, y los niños los llevaban hasta la era; allí estaban los hombres que los majaban con horquetas, con ellas mismas le daban la vuelta para majarlos por el otro lado, y fuera de la era podía haber varios hombres sacando la leña.

 

Con las primeras lluvias se empezaba a esturronar la tierra con un trillo de madera para, posteriormente, ararla en sentido distinto al que se había hecho cuando se barbechó.

 

Por último, se esparcía el guano y, cuando salían las primeras hierbas (unos 15 días antes de sembrar), se atajaba, es decir, volver a pasar el arado con el fin de matar la hierba antes de sembrar. Ya a finales del mes de noviembre, se hacían los canteros de colinos y remolacha, con el fin de que estuvieran desarrollados para finales del mes de enero.

 

Las tierras donde se sembraban las papas de año eran de barro. La siembra se realizaba por San Antonio, entre el 16 al 20 de enero. Unos días después, entre los surcos, se sembraban remolachas. En este caso, las faenas correspondientes al cultivo de las papas debían ejecutarse a mano. La remolacha daba dos aprovechamientos: la hoja se mezclaba con hierba seca y se le daba a las vacas cuando se terminaba el millo, en octubre; y el bulbo, se cortaba en tiras. Era la comida para el otoño. Las vacas también se alimentaban de chochos previamente guisados y endulzados; pajada que se realizaba con paja, humedecida con agua, y mezclada con harina de trigo, millo, centeno y avena. Estas harinas las hacían en el molino de la Cooperativa, se traía el grano y se pagaba la molienda a peseta y media por kilo.

 

Otro de los alimentos era la tercerilla; se trata de una harina fina, pero esta es un subproducto que se genera a partir de la harina de trigo destinada a elaborar pan. El millo se comienza a dar a las vacas fresco, el sembrado a chorro, mezclado con un poco de hierba casi seca, pajada, chochos, harina… Al millo sembrado al paso, una vez se cogen las piñas, la caña se rola para mezclarla con el resto de la comida.

 

Igualmente se disponía de hierba seca. Cuando se araba y no había hierba ni millo fresco, a los animales se les daban coles, caña de millo, remolacha, rama de papa picada con materia seca (hierba, paja)… Cada agricultor debía tener un conocimiento exacto del medio que le rodeaba, lo que le permitía decidir dónde y qué producto sembrar en los diferentes meses para, así, disponer de comida todo el año.

 

En una época donde no circulaba mucho dinero, en la que se producía para autoconsumo e intercambio, se cubrían las necesidades con el trueque entre los diferentes pisos vegetales; por ejemplo: fruta seca, ñames, manzanas, se cambiaban por millo de semilla. Del Barranco de Chinamada venían a La Laguna ofreciendo cuatro quintales de ñames por cuatro fanegas de millo de semilla.

 

 

 

Pedro Molina Ramos es Presidente de la Asociación de Ganaderos de Tenerife (AGATE). El texto fue publicado en el n.º 71 de la revista El Baleo.

 

 

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