Revista nº 518
ISSN 1885-6039

Consideraciones sobre la música popular en la prensa grancanaria (1852-1905): el artículo El Parrandista. (III)

Domingo, 02 de Noviembre de 2008
Roberto Díaz Ramos
Publicado en el número 233

La segunda parte de El Parrandista, subtitulada como Un baile en San Cristóbal, era también un relato costumbrista en el que se podían extraer datos sobre el mencionado barrio y sobre dos tipos de bailes de candil: la última y la reúltima. Siguiendo la misma línea, la tercera parte contiene igualmente datos importantes que van más allá de lo meramente musical. En esta ocasión se refieren a San Lázaro, hoy barrio de Las Palmas de Gran Canaria y en aquellos momentos municipio independiente de mayor extensión que la capital.



(Viene de aquí)


Así pues, los dos protagonistas principales, Juan y Antonio, se dirigen a San Lázaro después de la mala experiencia en San Cristóbal, para acudir a una reúltima (el relato del camino hasta llegar allí no tiene desperdicio). El mayor aprecio del autor por este nuevo barrio queda claro desde el principio, pintando además una casa más decente y unos lugareños más educados. Del habitáculo contrastan, en este sentido, las casas de la segunda parte de El Parrandista con las de este nuevo fragmento, en el que aparecen con paredes cuidadosamente blanqueadas, láminas colgadas (si bien aclara que se trata de un lujo), sillas y banquetas, y una cama ricamente adornada. En lo que a costumbres se refiere, cabe recordar el contexto rural de San Lázaro y cómo las maneras de actuar se repiten aún. En este sentido todos se sentaron en círculo para comer, entre otras cosas, media fanega de patatas cocidas con agua y sal (papas arrugás) y una fuente de cherne (pescado salado) acompañado con su correspondiente salsa de pimienta a que en el país se le da el nombre de mojo. Contaron chistes y agudezas y luego surgió la idea de recorrer las calles formando una parranda en dirección a la Ciudad (Las Palmas de Gran Canaria).

La última intención de los participantes del relato es la que posiblemente resultaba más grave para los habitantes de la tranquila capital, tal como se verá en uno de los próximos artículos, cuando se hable de los ataques directos a los parrandistas, las exigencias para su arresto en el calabozo, y las ordenanzas municipales prohibiendo las parrandas (en consonancia con normas que ya estaban vigentes desde el siglo XVI). Millares Torres rebajará el tono crítico en la cuarta y última parte de El Parrandista, pero en cualquier caso será interesante saber más adelante cómo actuaba la prensa para combatir la música de tiples y guitarras a partir de 1855. En cuanto a la música, hay que hacer notar cómo los invitados a la fiesta bailaban cuando llegaron Juan y Antonio unas seguidillas en cadena, baile lleno de animación y vida en el que todo es movimiento, risa y algazara. Será preciso acostumbrarse a no encontrar demasiadas referencias a isas hasta el siglo XX, ya que esta forma musical fue denominada seguidilla durante un periodo de tiempo muy amplio.

La tercera parte de El Parrandista fue publicada en El Porvenir de Canarias el 12 de marzo de 1853.



Guanarteme y La Isleta en torno a 1900. Fedac (José A. Pérez Cruz)



EL PARRANDISTA - UN BAILE EN SAN LÁZARO

III



El reloj de la Catedral señalaba la una cuando nuestros dos antiguos conocidos, con la guitarra a la espalda, subían la calle de San Justo. A cada paso que daban miraban ambos con profunda atención las casas que en anfiteatro ocupan el declive de la montaña, para ver si descubrían en alguna de ellas la luz que debía servirles de faro en su difícil navegación. Empero sus observaciones eran siempre inútiles porque la oscuridad más profunda reinaba en torno del silencioso barrio, sin que ni un farol ni una estrella viniese a alumbrarles en su camino. Este inconveniente no podía sin embargo detener a nuestros dos amigos, que conocedores de aquellas estrechas y pendientes veredas que ponen en comunicación los vecinos de las cuevas con los que habitan las casas situadas en la pendiente del risco, avanzaban sin temor de extraviarse por la ancha calle que atraviesa en toda su longitud el largo espacio comprendido entre San Nicolás y el castillo de Casamata. Muy cerca ya de este punto, volvieron hacia la izquierda, y después de subir una empinada cuestecilla se detuvieron junto a una estrecha puerta, por cuyas numerosas aberturas transpiraba el armonioso ruido de una guitarra y el confuso murmullo que se eleva siempre de un local donde se halla una reunión numerosa. Aquí llamó Antonio sin titubear, dando en la puerta dos suaves golpecitos que fueron al punto contestados por un “¿quién es?” pronunciado con voz fuerte y varonil. Pero a esta interpelación no pudieron responder nuestros amigos, porque inmediatamente se abrió la puerta y dio paso a un hombre que tan pronto como los reconoció les franqueó la entrada, no sin manifestar antes su satisfacción, estrechando la mano de nuestros parrandistas y dándoles las gracias por una visita tan agradable como inesperada.

Ahora penetremos también nosotros en aquella sala y procuremos descubrirla a nuestros lectores.

Muy diferente era el aspecto que ella ofrecía comparado con la que bosquejamos en nuestro capítulo anterior. En primer lugar tenía sus paredes cuidadosamente blanqueadas y cubiertas con seis u ocho láminas que presentaban pasajes de la Atala, lujo inusitado en este barrio, y luego había una docena de sillas de palo, algunas banquetas y una caja grande de Indias que servían de asiento a la concurrencia, completando los adornos de la sala una cama llena de lazos y encajes, y un armazón de pila pintado de verde y cuajado de piezas de loza de todas formas y colores. Añádese a esto que el piso desaparecía bajo una estera de hojas de palma acabada de tejer y dígasenos si este baile, al que prestaban mayor encanto la vista de dieciocho a veinte muchachas de graciosas facciones y decentemente vestidas no era digno de llamar la atención de nuestros ilustrados parrandistas.

Bailábase en el momento en que estos se presentaron en la sala unas seguidillas de cadena, baile isleño lleno de animación y vida en el que todo es movimiento, risa y algazara. Figurémonos una docena de parejas de ambos sexos, asidas de la mano y formadas en círculo, las cuales, sin desatar el lazo que las une, dan vueltas unas veces a la derecha y otras a la izquierda, y que luego se paran y tornan a dar vueltas, soltando y cogiendo alternativamente las demás parejas, hasta que a una señal del que hace de jefe se rompe el círculo por un punto cualquiera, y la columna movible va formando cual una serpiente caprichosos giros al rededor de uno que permanece inmóvil, y tendremos una ligera idea de lo que son las seguidillas de cadena en la Gran Canaria.

El baile no se interrumpió con la llegada de nuestros dos amigos, sino que por el contrario continuó con más entusiasmo, duplicando las parejas sus alegres saltos y variando el guitarrista su animado fandango con grave daño del oído de los concurrentes. Pero bien pronto tuvo Juan afinado su instrumento y reforzó el del músico marinero, haciendo desaparecer bajo aquel torrente de armonía las pequeñas desafinaciones de su compañero.



Castillo de Mata en 1893. Fedac (José A. Pérez Cruz)



En cuanto a Antonio no pensó en bailar porque había descubierto en un oscuro rincón de la sala a una morena de diecisiete años, linda y fresca como una rosa, y sin cuidarse ya de la reunión ni de las significativas ojeadas que le dirigía una mujer alta y delgada que tomaba una parte muy activa en las seguidillas, había ido a sentarse a su lado entablando con ella el siguiente diálogo.

- ¡Ay María! -aquí un largo suspiro-, ¿quién pudiera decirte todo lo que siento?


La joven guardó silencio y bajó los ojos.

- Eres -continuó Antonio- lo más salado, lo más hermoso, lo más divino que se encuentra en nuestra isla. Con decirte que me tienes enteramente loco… Por ti he olvidado todas mis queridas y hasta mis perros y mi caballo. Sólo pienso en ti de día y de noche y… vamos, ¿no me contestas nada? ¿No habrá un lugarcito para mí en ese rebelde corazón?

- Ya se lo he dicho a usted -contestó entonces la muchacha encendida como la grana y jugando con las puntas de su pañuelo-, no quiero ni puedo amar a usted, tengo mi novio y voy a casarme.

- Muy bien, hija mía -replicó el parrandista-, pero eso no impide que me tengas un poco de cariño… a mí que soy tan franco y tan liberal con las que bien me quieren. Mira, ya arreglaremos eso y haremos de modo que tu novio no se enfade.

- Calle usted y déjeme en paz.

- ¡Que calle!… ¿y cómo podré hacerlo si mi amor es ya tan grande que no puedo contenerlo dentro del pecho?

- Pues hable usted de él a Micaela, a Petra o a Juana.

- Puf… eso no vale una sola de tus miradas… pichona.

- ¡Dios mío!, qué porfiado es usted…

- ¿Y me dejarás morir así, María, sin decirme una sola palabra de esperanza? Mira, de seguro me entierran si continúas despreciándome de ese modo.

- Puede usted morirse cuando quiera.

- Ingrata, qué mal pagas mi cariño. Yo te creí un poco más sensible. Sin duda en el campo, donde te han criado, te enseñaron esos modales y esas expresiones que ya no son de este siglo y que debes desde esta noche olvidar. Escucha ahora mis palabras y grábalas en tu memoria, porque son consejos, que si los sigues harán rápidamente tu fortuna. Cuando una mujer tiene la suerte de ser tan guapa como tú, no se contenta sólo con tener un novio. Éste, pobre por lo regular, sólo puede ofrecerte amor, pero como nadie vive sólo de amores debe procurar al mismo tiempo que la obsequie un joven rico y liberal… así como yo por ejemplo, que en cambio de…



Un baile a principios del s. XX. Fedac (José A. Pérez Cruz)



Y aquí nuestro parrandista se quedó con la palabra en los labios porque la muchacha se levantó bonitamente y fue a sentarse junto al marinero que tocaba con Juan una de las dos guitarras. Al mismo tiempo las seguidillas concluyeron y la mujer alta de que antes hemos hablado y que no había perdido uno solo de los movimientos de Antonio se le acercó con un gesto de vinagre, y asiéndole con fuerza del brazo le asestó furiosa dos o tres pellizcos, y le hizo sentar a su lado.

- Pícaro, bribón, embustero, hombre sin palabra -prorrumpió entonces la celosa dama-, ¿así pretende usted engañarme a la vista de todos? ¿Cree usted que yo soy ciega?

- Vamos, Micaela -contestóle Antonio con la mayor calma-, el número dos nunca debe incomodarse porque dirija mis primeras atenciones al número uno.

- Basta ya de chanzas, caballero, a mí nadie me numera, y no quiero que usted se tome esa libertad entre otras muchas que se permite.

- No te enfades, mujer, y hablemos en razón… esa chica…

- No me hable usted de esa mozuela que no sirve ni para descalzarme el zapato… ¡posponerme a una mocosa que apenas sabe bailar unas folías!

- Pero si yo no la quiero para bailar folías….

- Para nada debe usted quererla, señor mío, con que así le prohíbo a usted que la vuelva a mirar si no quiere usted que arme aquí un escándalo y la arañe en presencia de todos.

- Vamos, cálmate Micaela y reflexiona que yo puedo muy bien dividir entre las dos mi corazón.

- ¡Jesús! ¡Qué hombre! ¡Qué costumbres!, ¿viene usted de casta de moros?


Ya a este tiempo el padrino y el padre de la criatura en cuyo obsequio se daba el baile, saliendo de un cuarto que estaba a la derecha, se presentaron en la sala llevando en brazos una gran canasta cubierta con un mantel. A esta vista las guitarras suspendieron sus acordes, los amantes sus pláticas y los viejos su sueño… todos abrieron los ojos… Intentique ora tenebrant.

La canasta se condujo en triunfo hasta en medio de la sala y fueron sucesivamente sacando de ella el mantel, que se extendió sobre la estera, una docena de panes de a libra, y platos y vasos de diferentes dimensiones.

En seguida, a invitación del dueño de la casa, dejó cada mujer su asiento y ocupó otro en el suelo, formando entre todas un gran círculo detrás del cual se colocaron los hombres. Dispuesto así todo, principiaron a aparecer sobre el mantel grandes botellas de vino y aguardiente, ensaladas de lechugas y pepinos y tazas llenas de aceitunas, y luego en un cesto enorme, humeante todavía, media fanega de patatas cocidas con agua y sal y abiertas como rosas, que se esparcieron por el suelo. Tras esta novedad vino en seguida en una gran fuente un cherne de esos que sólo de regalo nos vienen de la costa, acompañado de su correspondiente salsa de pimienta a que en el país se le da el nombre de mojo.

A la vista de tantos y tan variados manjares cada uno procuró hacer su plato, observándose por lo general que las mujeres servían a los hombres y que este servicio se hacía sin cubiertos, especie de utensilio desconocido en estas cenas. Nuestros dos amigos comían entretanto como desesperados, Antonio junto a Micaela y Juan cerca de la linda aria que no encontrando en éste el lenguaje atrevido de su amigo se manifestaba ahora más complaciente.

Una hora duró la cena en medio de los chistes y agudezas de los concurrentes que no escasearon los brindis en honor del padrino, padres y parientes del recién nacido, hasta que calientes todas las cabezas y deseosos de completar la diversión, se dispuso que en el resto de la noche se siguiese una parranda por las calles de la Ciudad. Esta proposición, admitida sin discusión alguna, fue puesta inmediatamente en ejecución, buscando cada cual una joven a quien ofrecer el brazo, y de este modo entre risotadas y alegres bromas salieron todos del baile.


(Concluirá)


Comentarios
Miércoles, 18 de Marzo de 2009 a las 22:11 pm - jesus hernandez rodero

#05 Aunque soy Andaluz concretamente de Sevilla, me encanta todas las islas, sus gentes,sus bailes, sus paisajes, la temperatura siempre igual, por algo le llamán las islas afortunadas.-

un saludo para todos.-

Viernes, 07 de Noviembre de 2008 a las 10:10 am - Roberto Díaz Ramos

#04 Tienes toda la razón... pido un millón de disculpas por la confusión entre los dos nombres... qué vergüenza. Por ello, mantengo todo lo dicho, aunque cambiando el cambio del nombre San Lázaro en mi introducción por San Lorenzo. Saludos y mil gracias por la corrección, de verdad,

Roberto Díaz Ramos

Jueves, 06 de Noviembre de 2008 a las 19:26 pm - De San Lorenzo

#03 Hola.

Muy buen artículo. Solo quiero anotar una minima reseña. San Lazaro es un pequeño barrio risquero de la capital. Creo que al municipio que se refiere, que después se anexionó a Las Palmas de gran Canaria, es San Lorenzo.

saludos

Martes, 04 de Noviembre de 2008 a las 19:33 pm - lagunero del camino de las mercedes

#02 muy bien chaval, estas documentado si si señor

Domingo, 02 de Noviembre de 2008 a las 19:41 pm - Maqui Gutierrez

#01 Una vez más felicitar a Roberto Díaz Ramos sus aportaciones al mundo de la investigación musical de Canarias, a ver si otros cogen ejemplo que lo único que hacen es \"copiar y pegar\".