Revista nº 550
ISSN 1885-6039

Recuerdos históricos y tradicionales del Carnaval.

Miércoles, 06 de Febrero de 2008
Carlos García
Publicado en el número 195

En un baile popular que se celebró en la fábrica de tabacos Victoria de la Plaza de la Paz, se originó un temporal con relámpagos, granizo y truenos, con apagón de luz que ocasionó un revuelo generalizado con gritos, carreras y un desmayo de una señora asistente que, al no disponerse de un frasco de sales para su reanimación, alguien pidió a gritos un calcetín sudado que fue aportado por un muchacho que llevaba horas sin parar de bailar y que resultó apropiado para que la señora volviera en sí.


A pesar de que el origen del Carnaval es algo que continúa siendo discutido, cabe pensar que el mismo tiene orígenes muy remotos, sin poder precisar dónde surgió por primera vez ni cuándo lo hizo. No obstante, su carácter universal lo relaciona con diferentes fiestas religiosas que todos los pueblos han celebrado con el propósito de hacer propicio y bondadoso el comienzo del nuevo año.

Cuenta la historia que en el antiguo Egipto se realizaban fiestas con la presencia de máscaras, en las que la figura sagrada de un buey recorría las calles, pintado y adornado, llevando a modo de cabalgadura a un joven, y tras el cual seguían hombres y mujeres con máscaras y disfraces realizando cánticos y danzando.

En otros países antiguos como Mesopotamia, Nubia o Etiopía, también se acostumbraba este tipo de tradiciones de donde se transmitió a Grecia, adoptando allí el nombre de Bacanales, derivado del Dios Baco, y en las que un hombre disfrazado del Dios paseaba las calles montado en un carro mientras le seguían hombres y mujeres que bailaban y cantaban estruendosamente.

Dichos festejos pasaron poco a poco a Roma, donde cambiaron su nombre por el de Lupercales (derivado de luperci, jóvenes desnudos que corrían azotando a las mujeres) o también Saturnales, que llegaron hasta el año 492 en que el Papa Gelasio I las suprimió cambiándolas por la Fiesta de La Candelaria, con el fin de sustituir una fiesta o rito paganizado por uno de carácter cristiano, aunque existen otras teorías que aseguran que La Candelaria fue superpuesta a la fiesta pagana de Ceres, que celebraban las mujeres, portando antorchas y velas encendidas a mediados del mes de febrero, tal y como se realiza en la actualidad en la fiesta cristianizada de la Purificación de la Virgen.

Sea como fuere, las Lupercales continuaron hasta el 625 D.C. y hay quien afirma que las mismas fueron instituidas por los propios Rómulo y Remo en honor de la loba que los alimentó, suspendiendo durante una semana toda actividad en la ciudad (escuelas, tribunales, etc.), circulando por las calles carros tirados por los animales adornados y desfilando comparsas y disfrazados.

Fueron fiestas nacidas en honor de la fecundidad en las que los sacerdotes, desnudos, corrían por las calles azotando con la frebua (tira de piel de macho cabrío) a las mujeres, que salían a su encuentro para hacerse azotar en un afán de aumentar su fertilidad, con un claro rito de fecundidad.

Todas estas fiestas paganas tenían como denominador común: la de ser fiestas de libertinaje y desenfreno absolutos y, sin duda alguna, vienen a ser los claros antecedentes de los Carnavales.


Origen del nombre.- El origen de la palabra puede que esté en alguna de las hipótesis que se han dado de ella. Para algunos el término derivaría de la formación de las palabras carne y vale, esto es, adiós a la carne, pues sería un adiós al libertinaje y locura antes de la llegada de la Cuaresma.

Para otros, deriva de los juegos que en homenaje a Hertha llevaban a cabo los teutones, participando las mujeres en aquellos, que con su gran hermosura y gran alegría, animaban a los habitantes de los pueblos. Estos juegos, y en honor a la  utilización de un carro en forma de nave que participaba en los festejos, el Carrus Navalis, es de donde podrían tomar el nombre.

Otra forma explica su nominación en los términos Carnis Levamen, o sea, alivio de la carne, que también estaría acorde con el Carnesciale o derroche de carne, que además podría derivar de Carnen Laxare, o sea, dejar de comer carne.

Parece que la hipótesis que con más mérito cuenta es la de buscar su origen en Carnen Levare, que viene a definir el precepto de la iglesia que obliga a comer carne después del Miércoles de Ceniza.

De cualquier forma, ya en plena Edad Media y en casi toda Europa se rendía culto al Carnaval, siendo lo más característico la concurrencia de grandes enmascarados y la presencia de vehículos adornados, y cuando se trataba de carros navales, hermosos mascarones de proa copiados de las naves verdaderas.


Los primitivos Carnavales.- Tras la desaparición del Imperio Romano, las costumbres que existían en el seno de su cultura fueron heredadas y absorbidas por las otras civilizaciones que entraron en contacto con ella. Así por ejemplo la fiesta de las Calendas, que eran celebradas en el mes de enero, fueron transformadas en las Galias en una mascarada, donde los hombres, vestidos de mujeres, ocupaban las calles realizando multitud de actos desenfrenados y licenciosos llenos de obscenidad.

La Iglesia, con el ánimo de controlar estas actividades, trató de retocar un poco ciertas formas que seguían resistiendo la tradición popular. Así, las distintas bacanales fueron de nuevo bautizadas con diferentes nombres, según los lugares, tales como Fiesta del Asno, de los Locos o Carnaval, aunque en todas se mantuvo el carácter de trasgresión y de la inversión del orden de las cosas.

En los siglos X y XI el propio Papa tomaba parte en el Carnaval. Desde las iglesias salían procesiones alegres que convergían en San Juan de Letrán, encabezadas por un sacristán con estola y con una corona de flores de donde asomaban cuernos de chivo. Caminaba con una vara llena de campanillas y le seguían el cura y los feligreses. Luego el Papa salía de su palacio y junto con los cardenales entonaba el Deus ad bonam horam, himno burlesco mezcla de griego y latín groseros, siendo la señal para que la fiesta comenzara, con bailes que acompañaban los cascabeles. Un cura montaba un asno al revés y se impartía la bendición apostólica.

Igual que en la Fiesta de los Locos en Francia, la gente se propasaba en las casas, en los conventos y en las calles. Eclesiásticos y canónicos tomaban parte en las bromas más obscenas y groseras. Los frailes y las monjas se daban a los goces libertinos del Carnaval. En una crónica del siglo VII se habla de una abadesa del monasterio de Poitiers que antes de la Cuaresma jugaba a los dados y organizaba en su convento representaciones impúdicas con máscaras.

Los clérigos se disfrazaban de mil maneras, incluso de mujer, y se organizaban bailes en los conventos. El hecho de estas manifestaciones en los conventos o lugares sagrados deriva de que eran utilizados en la antigüedad como lugar de representaciones teatrales, y en esta época no se consideraba sacrílego dedicarse a estas diversiones cerca de los altares.

No obstante, existieron personas que levantaron su voz para condenar estos hechos. Así tenemos a Clemente de Alejandría y Juan Crisóstomo, lo mismo que el Papa Inocencio III, que emitió una Bula para expulsar de las iglesias todos los espectáculos, juegos y diversiones, aunque la fiesta continuó entre lo sagrado y lo pagano. No olvidemos que el Carnaval y la Cuaresma se encuentran totalmente juntos, precediendo el uno a la otra que, aunque contrapuestos, son inseparables.


Gastronomía tradicional en tiempos de Carnaval.- El Carnaval fue siempre, desde el principio, la fiesta del vientre por excelencia, en especial para las clases oprimidas y pobres a quienes la misma ofrecía la posibilidad de hartarse de comidas en contraposición con el resto del año en que mantenían grandes privaciones alimenticias.

Estas fiestas en las que el elemento alimentario constituía su mayor característica aparecieron con el fin de aliviar el hambre crónica de antaño, a pesar de que las mismas vinieran rodeadas de máscaras alegóricas, juegos de la cucaña y otros diferentes espectáculos.

Como ejemplo de ellas recordemos la Fiesta de la Polenta que en 1.222 se creó en Tosignano, cerca de Bologna, en donde un rico hacendado solicitó a los más pudientes de la ciudad cantidades de harina que, tras cocinarla en la plaza pública en forma de una enorme polenta, la mandó repartir entre todo el pueblo. Lo mismo se hizo en una aldea cercana, Ponticelli, donde se repartió pasta entre los pobres. Otras costumbres y tradiciones italianas nos cuentan que, desde 1.530 en Verona, se viene manteniendo la costumbre de repartir bocaditos de patatas en la fiesta denominada Vernedí Gnoccolare; y también es costumbre ver en los desfiles de carnaval al Fantoche llevando fiambres y pan.

Grandes comilonas se daban también entre las clases pudientes y es famoso un libro publicado en Venecia, en 1.617, donde un cocinero describe un banquete ofrecido a 54 convidados: la mesa contenía 291 platos, sin contar con 15 estatuas de azúcar que representaban a Baco, Venus y Cupido. Sin los postres, los platos servidos fueron 17, y cada uno de ellos contenía 8 ó 9 manjares por un total de 145.

Los religiosos también tenían su protagonismo. De un decreto de la Facultad de Teología de París de 1.444, se deduce que muchas iglesias se transformaban en tabernas, en donde el clero celebraba suntuosos banquetes. Dentro de nuestro país, en España, existe una serie de variedades y diferentes modos culinarios y gastronómicos que se realizan y se consumen casi exclusivamente en la época de Carnaval.

Entre las distintas autonomías, en la que la variedad es más rica, se encuentra la zona de Galicia donde predomina la cocina a base de la utilización del cochino, en forma de lacón, plato de carne más típico de la zona gallega. Este tipo de comida se consume preferentemente en invierno, debida a su alto contenido en grasas y calorías, ya sea acompañado de papas o de grelos.
Además se consume la cacheira, que es la cabeza del cerdo conservada en sal, lo mismo que chorizos de Carnaval, al que se nombran, según el lugar, como pedrolo. Otro embutido muy apreciado y consumido el Martes de Carnaval es el denominado Pedro Pérez, realizado a base de carne, piñones, bizcocho, huevos... Y no podemos olvidar a las filloas que se fabrican a base de la sangre del cerdo, y dentro de los manjares dulces aparecen los tetones de harina y azúcar que tanto gustan. En otros lugares del territorio español también aparecen diferentes platos en las Carnestolendas. Así recordamos, en la zona de Andalucía, las sopas de Carnaval, realizadas con todos los productos derivados del cerdo, especialmente en la zona de Huelva, mientras en Cádiz, con sus afamados Carnavales, se hace consumo de erizos de mar.

En Cataluña se acostumbra la degustación de la coca de llardons y de la truita amb botifarra, sin olvidar, por absolutamente típico, la butifarra de huevo, con mayor consumo el día jueves de Carnaval. En la zona de León se hacen también diferentes embutidos, sobresaliendo en la época de Carnaval el botillo, fabricado de huevos y carne de cerdo.


Variedades de la cocina canaria.- Existen algunas variantes culinarias dentro de la gastronomía isleña que se ejecutan y se consumen en los días de Carnaval, por lo que se puede expresar, sin ningún miedo a la equivocación, que los Carnavales, además de ser una fiesta que se ve y se oye, también se huele y degusta. Y es que, al llegar las fiestas, vuelven a los hogares una serie de olores peculiares que recuerdan que estamos en época de las máscaras. Las comidas ofrecidas a la concurrencia era uno de los rasgos más típicos del Carnaval en Canarias, manteniéndose en las casas las puertas abiertas con la entrada libre para amigos e incluso vecinos y no conocidos. Las mesas llenas de manjares, comidas y de repostería tradicional se ofrecían con orgullo en las reuniones improvisadas dentro de los hogares particulares, ya fueran en los salones o dentro de los patios. Las torrijas, buñuelos, las mistelas, licores, los vinos y malvasías cubrían los manteles y mesas.

A las casas llegaban los amigos, comían y bebían a placer y, en ocasiones, terminaban en bailes que algunos llamaban asaltos, por lo que verdaderamente tenían de aquello. Fiestas famosas fueron las conocidas de doña Amparo Sansón, en Santa Cruz, que abría las puertas de su casa desde el sábado de Carnaval, hasta el domingo de Piñata. La gente entraba, se divertía, comía y bebía lo que le apetecía, e incluso hubo quien vencido de sueño se echaba a dormir en el suelo.

 Recordemos algunas viandas carnavaleras: Sopas de miel, típicas de La Palma aunque se ha ido extendiendo al resto del archipiélago. Se hacen hirviendo miel de caña y añadiéndole canela, corteza de limón, matalauva y grandes rodajas de pan en cantidad suficiente para que absorban todo el líquido; luego se añaden almendras dulces, fritas y se sirven frías. De esta fórmula básica puede que provenga, o por lo menos están emparentadas, muchas de las recetas que se realizan con rebanadas de pan. Torrijas: rebanadas de pan remojadas en leche o vino que, tras cubrirlas en huevo, se fríen con manteca y al final se rebozan con azúcar o miel. Se consumen frías. De la misma forma y con pocas variantes se preparan las llamadas Rebanadas de leche o rebanadas de Carnaval. También en la zona de Galicia aparecen las tortillas de leche. Otras formas de repostería son las que se hacen con harina y huevos, limón y matalauva con canela, formando una masa que se fríe haciéndose las Tortillas del Carnaval que se untan con miel. Aparece una receta de esta sabrosa tortilla desde el siglo XVIII reseñada en un manuscrito. Los Buñuelos son otra de las fórmulas reposteras en los que los ingredientes son similares a los descritos, pero añadiéndole levadura para que se levanten, se inflen, con lo que aparecen en su forma característica. Están muy indicados para tomarlos espolvoreados de azúcar, junto a una buena taza de chocolate caliente. No podemos olvidar al Arroz con leche del que nos recuerda y describe Juan Primo de la Guerra en su Diario, que se consumía mucho en Carnavales. Se cocina con arroz, leche, canela y cáscara de limón sin olvidar el azúcar. Otra de las golosinas que se consumen en Canarias es la denominada Hojuela o hijuela, que es dulce de hojaldre, aunque aquí nuestros confiteros lo retuercen con una caña en la sartén y lo rizan formando figuras que llaman flores. Una vez hechas las hijuelas las rocían con miel, a decir de Pérez Vidal.

Existen muchas más recetas de la repostería tradicional canaria que, a pesar de no corresponder estrictamente a los Carnavales, sí que es cierto que se cocinan y degustan en estas fiestas, lo mismo que en cualquier otra festividad. Así podemos recordar el clásico Frangollo, para el que se utiliza el millo molido, no en harina, al que se le añade leche, azúcar, matalauva e incluso añadiéndole pasas y almendras, debiendo realizarse a fuego lento. Este sabroso postre canario lo relaciono con la nombrada polenta italiana realizada en Carnavales de 1.222. Los Huevos moles, delicioso manjar que se confecciona, básicamente, con las yemas de los huevos y azúcar, pudiéndole añadir raspaduras de limón y canela. Muy famosos fueron, en fechas carnavaleras de Santa Cruz, los huevos moles del Hotel Camacho, hotel ubicado al comienzo de la calle de San Francisco, antes del Dr. Comenge, frente a la recoleta plaza de la parroquia de su mismo nombre. En La Palma se consumen también los Almendrados y los Marquesotes, como en cualquier fiesta que se precie. En El Hierro no podemos olvidar las Quesadillas, que ya han extendido su consumo por todas las islas, y que utiliza en su industria el queso, el azúcar, limón, canela y matalauva. Parece haber sido también postre obligado en tiempos de Don Carnal, según informa Caro Baroja, apareciendo desde tiempos muy remotos, como recoge Elfidio Alonso, en una estrofa de Calderón de la Barca: ¡Oh loco tiempo de Carnestolendas diluvio universal de las meriendas feria de casadillas y roscones...!

Tampoco podían faltar los Turrones y los Turrados. De los primeros, tal y como los describe Amaro Lefranc, son pequeños discos de pasta dura, cubiertos de obleas por ambas caras... Para los turrados, dulce muy rústico integrado por granos de trigo tostado y revuelto en miel y azúcar que los pega entre sí como terrones, se precisa una buena dentadura para poder comerlos. No olvidemos los sabrosos licores que se preparaban para el consumo de esos días. Con las cáscaras de las naranjas, que se habían guardado y colocadas a secar durante tiempo antes, se elaboraba la Mistela, licor muy apreciado en los Carnavales. Estas cáscaras secas se colocan a macerar con aguardiente, matalauva y canela durante 15 días, al cabo de los cuales se mezcla con un arrope e infusión de flores. También el Licor de Café era muy solicitado y su elaboración es similar pero con el añadido del café molido. ¿Y qué decir de nuestros vinos? El consumo era obligado y no existía mesa que no ofreciera al consumidor un vino de cualquiera de nuestros pagos, ya fuera de La Matanza o de Icod de los Vinos, sin faltar en las clases más pudientes las botellas de malvasía o el vino rico de tea de La Palma.

En definitiva, ha sido éste un repaso por parte de la gastronomía peculiar que los habitantes de Canarias hemos utilizado para festejar y celebrar una de las fiestas más populares desde tiempos remotos. A pesar de que el carácter de la fiesta ha variado extraordinariamente en la actualidad, es bien cierto que aún se conservan estas peculiaridades culturales y folklóricas, pues no olvidemos que la cocina y los alimentos conforman parte del folklore, que identifican una manera de ser y comportarse de todo un pueblo, y por las que hay que luchar evitando su desaparición, puesto que a todos nos gusta saborear en los diferentes kioscos cualquier tipo de comida o bebida; pero ¿quién cambia unas buenas torrijas con un vasito de mistela para festejar el Carnaval?


Rituales y diferentes costumbres del carnaval.- El rito del Carnaval consiste en desencadenar los “demonios”, o sea, una fiesta caracterizada por los placeres materiales con el concurso y utilización de las máscaras y por la inversión de las relaciones jerárquicas, ya que no solo fue la fiesta del vientre, como ha quedado explicado, sino es también la fiesta de las máscaras.

La íntima relación que existe entre el Carnaval y las máscaras procede de los ritos sagrados que las primitivas poblaciones celebraban, fundamentalmente referidos a temas agrícolas, cada comienzo de año en un claro afán purificador y fertilizador de la tierra.

El valor religioso y mágico que representa la máscara, con la que se pretende emular a una divinidad o a un espíritu, da significación especial a la pretendida ritualidad de fecundación. Pero no solo ha tenido este significado. La costumbre de enmascararse fue realizada también en tiempos de guerra, tanto en afanes de ataque para asustar al enemigo como de uso protector de la cara a los golpes del contrario. Otro tipo conocido de máscara es la funeraria, como la de los antiguos egipcios y culturas similares tales como la griega y fenicia.

Y, por fin, recordar otro uso de las máscaras, esta vez más profano, cual fue su utilización en el teatro, tanto en las antiguas tragedias, que pretendían mostrar, según los modos distintos de facciones, un personaje concreto o su figura estereotipada además de ocultar la identidad del actor que la portaba. Este tipo de escenificación y teatralización deriva del viejo mundo, que sin duda pasó al nuevo, introduciendo en éste costumbres diversas. En España, la presencia de enmascarados, y especialmente la de diablos enmascarados, tiene su origen principal en el teatro litúrgico medieval y en los Autos Sacramentales que en determinadas fiestas se celebraban. Estas fiestas ya han desaparecido o se han trasladado a diferentes países pasando a formar parte de celebraciones paganas como el Carnaval.

Podemos recordar, a modo de ejemplos, que en Argentina, en el pueblo de Humaguaca en la provincia de Jujuy, aparecen en el Carnaval la figura de los diablos que, formando comparsas, salen a la calle y al son de quenas y bombos, realizan bailes en los que participan mayoritariamente sus habitantes denominando, precisamente a estos bailes, con el nombre de carnavalitos.

En otros lugares, a la fiesta del Carnaval se le denomina chaya, como en la zona de La Rioja o Catamarca, y en las que se cantan vidalas chayeras. Estas celebraciones acaban con batallas de almidón que, perfumados con clavos de olor, se guardan en bolsitas que se arrojan a las jóvenes.

Cuando el Carnaval acaba llega el momento de enterrar las fiestas, para lo que los argentinos realizan un muñeco de trapo en forma de diablito y que llaman pukllay, enterrándolo en una fosa hasta el próximo año en que volverán a desenterrarlo dando comienzo el nuevo Carnaval.

La similitud con nuestros Carnavales es grande ya que por aquí existen y perduran los diabletes de Teguise, que salen enmascarados con las típicas caretas de diablo y que son una de las manifestaciones más antiguas y diferenciales que en el Carnaval de Canarias podemos encontrar.




Por tanto, con el paso del tiempo las máscaras fueron popularizándose y su uso se extendió a las calles, a las fiestas y, en definitiva, a todas las celebraciones carnavaleras, que todos los ciudadanos utilizaban, nobles y plebeyos, ya que con su uso se permitía poder criticar e insultar a los superiores y amos o confundirse con el pueblo y así disfrutar, anónimamente, de la alegría popular sin que nadie sospechara ni conociera su verdadera identidad.

En referencia a distintos hechos o costumbres que existen en muy distintos lugares durante el Carnaval, podemos recordar, tanto en Tenerife como en La Palma y en otras islas, la utilización de los huevos-talco o taco que se arrojaban a los transeúntes desde las casas y balcones y que eran huevos rellenos de polvo de talco, que se fabricaban reuniendo las cáscaras de los huevos y que se rellenaban, al principio, de talco, lo que dio origen a su nombre; pero que más tarde cambió a serrín, harina, ceniza e incluso hasta con arena, por lo que entonces se convertían en verdaderos proyectiles que hacían mucho daño, razón por la que fueron prohibidos por las autoridades.

Esta costumbre de arrojarse materiales diversos en el Carnaval es algo muy antiguo: ya que desde el siglo XVII era utilizada el agua para mojar a las gentes utilizando cacharros, cubos, calderos y, como informa Pío Baroja, bombas de agua perfumada realizada con cáscaras de huevo.

En Tenerife conocemos el uso de las carnavalinas, tratándose de unos pequeños juguetes de agua que mojaban a los paseantes, con agua de olor o de rosas, aunque a veces fueron utilizadas por los desaprensivos de turno, con líquidos no tan olorosos lo que de nuevo motivó otra prohibición.

Por tanto, era costumbre en muchos países arrojar huevos, fruta podrida, polvos, harina o suciedad a las personas en las fiestas del Carnaval. Existen datos que avalan estos hechos, como el edicto emitido por el Capitán de Justicia de Palermo, de febrero de 1.499 o el de 1.518, que prohibía a todos, adultos y niños, que tiraran naranjas u otras cosas, mientras que a las mujeres se les permitía arrojar agua desde las ventanas siempre que fuera agua limpia.

Se conocen otras costumbres, más salvajes, como la de arrojar a la calle monedas junto con pedazos de hierro candente, en París, y sobre las que se abalanzaban los niños a recogerlas, quemándose las manos, siendo aquello “muy divertido de ver”.

El uso del agua está muy difundido en los Carnavales. En países como Argentina o Venezuela continúan utilizándose. La acción de mojarse entre sí, utilizando diferentes medios, es práctica habitual. Con un periódico de gran tamaño, los muchachos argentinos llenaban de agua el mismo, dándole la forma de una bomba y la hacían estallar en la cabeza del que pasaba, dando lugar, en ocasiones, que aquella cayera desmayada por el impacto. O el uso de pequeños globos de colores rellenos de agua que son lanzados como proyectiles entre los viandantes.

Costumbres similares como las practicadas entre los canarios, que tanto arraigo popular tuvieron, y que vienen a refrendar el desenfreno y la algarabía que definen desde antaño a las fiestas del Carnaval.


Anécdotas y peculiaridades del Carnaval en Tenerife.-
Muchas son las características propias del Carnaval de nuestra isla que la diferencian de otros Carnavales y que la especializan y distinguen.

La presencia de agrupaciones musicales de corte humorístico, satírico y crítico como las murgas, solo se dan en estas latitudes dándole la gracia y la sal a nuestras fiestas que, solo una vez al año, censura con sus letras y música de instrumentos roncos y fañosos, a lo acontecido en lo referente a lo político, a lo social, a lo cultural y a todo lo que atañe con la vida isleña.

Datan estas murgas tinerfeñas del año 1.915 en que un buque cañonero, el Laya, se encontraba varado entre la marquesina, el muellito de carbón y el antiguo fuerte de San Pedro, con dotación compuesta, entre oficiales y marineros, casi todos gaditanos y que, en aquellos Carnavales organizaron una chirigota, que participó por las calles de Santa Cruz obteniendo un éxito inusitado, constituyéndose en nuestra primera murga, aunque las crónicas la mencionaban con el nombre de rondalla. Se acompañaron de instrumentos realizados de cartón imitando a clarinetes, bombardinos, trombones y flautas que confeccionaron ellos mismos en las dependencias de la Juventud Republicana que les facilitó el local y la materia prima para construirlas. Y cantaban una letra que recordemos decía así:

Esta pipa que aquí veis tan elegante
fue comprada en la feria de Alicante
está hecha con varios ingredientes,
aceitunas sevillanas, aguardiente,
y polvos de arroz.
Zumbalé, zumbalé, zumbalé.


.
Otra de las primeras murgas conocidas fue la del Flaco que tuvo mayor popularidad y años de existencia, que salía a la calle con sus componentes, de clase baja y popular, vestidos con sacos, caras tiznadas, instrumentos de lata, cartón y cañas, con formas burdas y groseras, pero que causaban gracia y humor. Junto a ésta también existió la del tío Chucho el de Valleseco, o la del Manco, que tras sus interpretaciones pedían, poniendo el sombrero a la audiencia que a su alrededor se congregaba, por lo que existió un refrán que decía pides más que la murga del Flaco en la que cinco tocan y siete piden. Estas murgas se reunían en el mercado viejo, la antigua recova, desde horas muy tempranas para deleitar con sus picantes canciones. Desde entonces derivan las actuales que, con su sonido marcial de bombo y platillos, llevan la alegría y buen humor a los vecinos chicharreros.




Las rondallas son las principales agrupaciones musicales del Carnaval; conjunto de bandurrias, laúdes, guitarras y cantores, todos ellos disfrazados, que cultivan la parte lírica y clásica de las fiestas, siendo muy características de estas islas.

Derivan de las parrandas que desde el siglo pasado conformaban los vecinos para su diversión y que frecuentaban las calles. Parece ser que la primera agrupación musical creada fue en la Sociedad Filarmónica Santa Cecilia, en el año 1.891, y en años posteriores el resto de clubes y sociedades recreativas y culturales, lo mismo que en los distintos barrios de la ciudad, en que comenzaron a florecer. Ejemplos de lo dicho lo tenemos en el Frégoli, Club Tinerfeño, Masa Coral o Juventud Republicana, Casino, Círculo de Amistad, Centro de Dependientes, Orfeón La Paz, Luz y Vida, la del Cabo...

Estas agrupaciones se consolidaron en la década entre los años 1920-30 y se integraron en el programa de las fiestas del Carnaval como número fuerte y prestigioso realizándose concursos entre las presentadas.

La presencia de personajes populares en las calles de Santa Cruz, que animaban con su presencia, sus disfraces y sus ocurrencias, fueron la sal y pimienta en aquella sociedad de principios del presente siglo y que han quedado en la memoria escrita para conocimiento de todos. Entre otras anécdotas recordemos algunas que nos han legado otros autores.

Un pintor de brocha gorda, conocido por todos como Peñita, tuvo la ocurrencia de afeitarse toda la cabeza, las cejas y el bigote pintándose con purpurina desde el cuello hasta arriba y, cuando se le preguntaba de qué iba disfrazado, respondía que de perilla de escalera de casa rica.

Otro personaje fue Pepe García, conserje del Gobierno Civil, que se disfrazó de mujer con un solo camisón encima, sin nada más debajo y paseaba por la ciudad jugando al trompo y, cada vez que se agachaba para recogerlo, dejaba al descubierto todas sus partes bajas, situación que le ocasionó dormir en la comisaría más de una noche.

Un cocinero de un buque mercante alemán atracado en el muelle de Santa Cruz, totalmente calvo, gordo y colorado, en los Carnavales de 1.917, se colocó una vela encendida encima de la cabeza y chorreando de esperma toda la cara, paseaba arriba y abajo de la plaza de Candelaria, disfrazado de candelabro.

En un baile popular que se celebró en la fábrica de tabacos Victoria de la Plaza de la Paz, se originó un temporal con relámpagos, granizo y truenos, con apagón de luz que ocasionó un revuelo generalizado con gritos, carreras y un desmayo de una señora asistente que, al no disponerse de un frasco de sales para su reanimación, alguien pidió a gritos un calcetín sudado que fue aportado por un muchacho que llevaba horas sin parar de bailar y que resultó apropiado para que la señora volviera en sí.

Costumbres practicadas entre los vecinos santacruceros que tanto arraigo popular tuvieron y que viene a refrendar el desenfreno y algarabía que definen desde antaño a las fiestas del Carnaval.


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Comentarios
Jueves, 11 de Febrero de 2010 a las 12:19 pm - timbayba1936@yahoo.es

#06 La casa estaba en la calle Numancia. Sí. Hay descendientes de su primer y de su segundo matrimonio.

Sábado, 09 de Enero de 2010 a las 17:33 pm - timbayba1936@yahoo.es

#05 Si. Existe la casa en la calle Numancia, y aún vive una nieta del primer matrimonio de doña Amparo Sansón. Incluso vive la única nieta del segundo matrimonio de doña Amparo.

También estamos, desperdigados por Tenerife y Lanzarote, unos cuantos bisnietos de esa señora y de su primer matrimonio.

Sábado, 18 de Abril de 2009 a las 20:28 pm - Un Curioso

#04 ¿Quien era esa señora. Dª. Amparo Sansón? ¿Se conoce su historia, donde era y si aún existe la casa?

Gracias

Miércoles, 08 de Octubre de 2008 a las 19:37 pm - Guillermo Julian Hernandez

#03 Soy cubano, habanero, y me encuentro investigando El Carnaval de La Habana. Dispongo de algunos materiales de Fernando Ortiz, antropologo de nuestro país, así como informaciones de actualidad publicadas en la prensa plana.

Me interesa precisar alguna conexión - sé que la hay, como es de suponer - con el carnaval canario, por eso quisiera me enviaran materiales al respecto, en caso de que dispongan de ellos. Gracias.

Mi e.mail: guille.julian@gmail.com

Domingo, 16 de Marzo de 2008 a las 18:16 pm - Salvar las rondallas

#02 como siempre son los altos cargos los que no se \"encargan\" de promoverlo bioen.

Domingo, 16 de Marzo de 2008 a las 18:16 pm - Salvar las rondallas

#01 Deberíamos salvar el concurso de rondallas del carnaval de Santa Cruz de Tenerife. Lo más antiguo de nuestro carnaval.

Como siempre son los altos cargos los q