Revista nº 532
ISSN 1885-6039

La indumentaria del s. XIX en Los Silos.

Lunes, 06 de Febrero de 2006
Pablo José del Rosario Martín
Publicado en el número 91

Felizmente para nosotros, a Diston se le ocurrió componer dicha representación mostrando en un primer plano a un total de 23 personas en diferentes actitudes: 10 mujeres, 11 hombres, 1 niño y 1 niña. Esta circunstancia, junto a las descripciones y dibujos de éste y otros autores de la época y a los trabajos recientes sobre el tema, es lo que nos permite aproximarnos a lo que fue la indumentaria popular en Los Silos y pueblos limítrofes durante el siglo XIX.



Mientras los europeos del siglo XV vivían desde hacía unos cien años ocupando parte de su tiempo en conseguir unas vestimentas personales, nacionalistas, soporte de sus fantasías y cada vez más desligadas de las simples necesidades físicas de protección y del simbolismo religioso, sobre las Islas Canarias —sólo conocidas por un puñado de arriesgados comerciantes y aventureros—, otros “futuros europeos” anclados en el Neolítico prehistórico y favorecidos por la benignidad de su clima utilizaban, más con fines socio—religiosos que como protección, el primer traje de la humanidad: el confeccionado con pieles de animales.

Efectivamente, aislados en el Atlántico y salvo los toscos tejidos de junco y palma utilizados en la isla de Gran Canaria, los aborígenes isleños desconocían el arte de tejer, inventado hacía milenios por otras civilizaciones europeas y asiáticas.

Vestida con pieles delicadamente curtidas, agamuzadas y cosidas por sus mujeres, adornados sus cuerpos con collares de barro, madera y hueso, la antigua raza canaria estaba destinada a ser “civilizada” por la fuerza y a perder, cuando menos, su sencilla semidesnudez.

Una vez conquistadas las Islas por franceses y españoles, comienza el lento pero inexorable proceso de adaptación de los diferentes pueblos recién llegados, entre sí y con su entorno. Surge así el Pueblo Canario de una mezcolanza de gallegos, andaluces, extremeños, portugueses, mallorquines, genoveses, normandos e irlandeses. Los guanches, que en principio fueron marginados en su propia tierra, cuando no muertos o vendidos como esclavos, con el paso del tiempo acabaron inmersos en ese conglomerado de pueblos, origen y sustento de nuestra idiosincrasia canaria.

Es precisamente en el siglo XV, en que transcurre la conquista de las Islas, cuando la “moda española” en el vestir de impone en toda Europa. Por supuesto, son la clase alta y media—alta las que afanosamente siguen esta “moda”, puesto que las clases bajas lo que hacen es imitar tosca y tardíamente la indumentaria de las clases superiores.

En este punto, conviene comentar lo que se considera “traje regional” y que para nuestra opinión coincide con el concepto de traje tradicional. J.E. Casariego en su prologo a la obra “Trajes Regionales Españoles” de M. Comba, afirma: “...que la vestimenta que ha de quedar estereotipada como representativa de cada reino o comarca de España sea la última que usó antes de la nivelación nacional del traje, que llego irrevocablemente con nuestro siglo XX”

Las clases poderosas y pudientes sacrifican las peculiaridades propias de sus trajes en pro de la moda, cara pero generalizadora. Los campesinos y artesanos de las zonas rurales, cuyas vidas transcurren más marcadas por la geografía, clima, oficio, recursos y costumbres sociales y religiosas, plasman estas influencias en su vestimenta; a la vez que siguen con gran retraso y limitaciones los patrones marcados por los ricos.

De lo dicho anteriormente deducimos la ubicación temporal y espacial del traje regional de un pueblo concreto: en el tiempo, antes de la universalización de la indumentaria, o sea, en el siglo XIX; en el espacio, el utilizado por las clases populares.

El traje regional canario se va conformando desde el siglo XV al XIX, sumando a formas de vestir gestadas principalmente durante los siglos X al XVIII y traídas a las Islas por los colonizadores europeos, influencias emanadas de la propia geografía y clima de éstas, del temperamento y ocupaciones de sus gentes, y todo ello temperado por el conservadurismo inherente a la insularidad. Es precisamente este espíritu contrario al cambio, lo que permite considerar a la indumentaria popular de incluso los primeros años del siglo XX, como tradicional.

Webb, Berthelot, Glass, Verneau, Grau—Bassas, Ledrú, López Soler y otros personajes llegados a canarias por diversas circunstancias durante los siglos XVIII y XIX, nos han dejado sus impresiones acerca de la indumentaria de la época, con descripciones más o menos detalladas de las diferentes prendas que la componían y de los tejidos utilizados, y también con dibujos de inapreciable valor.

Pero entre los personajes que más interés pusieron en la vestimenta canaria destacan, sobre todos, dos: Alfred Diston y Antonio Pereira Pacheco. El uno, contable, naturalista y dibujante; el otro, clérigo. Sus trabajos datan de la primera mitad del siglo XIX. Si bien el interés de Pereira Pacheco se circunscribe al municipio de La Laguna y sus aledaños, Diston —llevado por su espíritu naturalista— recorrió toda la isla de Tenerife, plasmando en sus dibujos los paisajes y las gentes de los numerosos pueblos que visitó.

De la obra de este dibujante inglés, al igual que sucede con la de otros tantos autores, parte está aún sin editar y permanece dormida en los cajones de las mesas de sus sucesores. Afortunadamente para nosotros y gracias a la labor investigadora de un hijo de Los Silos:

José Miguel Rodríguez Yanes, poseemos hoy un valioso material fotográfico que reproduce una lámina inédita dibujada y coloreada por la mano de A. Diston y en la que, además de mostrarnos la plaza de Los Silos tal como era en el siglo XIX, con el convento de Las Bernardas al frente y edificaciones adyacentes, refleja a un numeroso grupo de personas de la época entregadas, a lo que parecen diversas actividades festivas.

Felizmente para nosotros, a Diston se le ocurrió componer dicha representación mostrando en un primer plano a un total de 23 personas en diferentes actitudes: 10 mujeres, 11 hombres, 1 niño y 1 niña. Esta circunstancia, junto a las descripciones y dibujos de éste y otros autores de la época y a los trabajos recientes sobre el tema ,es lo que nos permite aproximarnos a lo que fue la indumentaria popular en Los Silos y pueblos limítrofes durante el siglo XIX.

En Canarias, y en esto coinciden la mayoría de los escritores que las visitaron en otras épocas, el apego de las clases populares a su indumentaria tradicional, unido a su especial sensibilidad cromática, les lleva a la diferenciación de aquélla en cuanto a detalles y colorido, no sólo de una isla a otra, sino incluso entre zonas de una misma isla.

RELACIÓN Y SOMERA DESCRIPCIÓN DE LAS PRENDAS UTILIZADAS.

1. TRAJE DE MUJER:

Blusa. Blanca y de hechura similar a la camisa del hombre se confeccionaba con tejido de lino de fina hila— dura mediante cortes rectos que permitían el mejor aprovechamiento de la tela. Era holgada y una pequeña abertura bajo la nuca abrochaba con un botón. El cuello sin escotadura, sencillo o doble, y las mangas a la muñeca o al codo, siendo, en este último caso, más voluminosas y plegadas. En la unión de las mangas con el cuerpo de la blusa se utiliza una pieza cuadrada de tejido, “el medio almud”, que permitía la cómoda articulación de los brazos.. Fundamental para que esta prenda, a pesar de la sencillez de su corte, mantuviera la forma una vez puesta, eran los refuerzos de tejido dispuestos desde el cuello a los hombros. El gusto personal se recreaba en los diversos frunces dispuestos en la unión de las mangas y los hombros, en la unión de los puños, en la pechera o con los bordados (generalmente de color blanco) trabajados en las partes más visibles de la prenda.

Enaguas blancas. Confeccionadas también con lino fino, eran utilizadas, en especiales ocasiones, dos, tres o más al mismo tiempo para así aumentar el volumen de la copa de la falda. Aunque completamente cubiertas con la enagua exterior de color, parece que eran profusamente adornadas con pliegues y encajes en su mitad inferior. Tampoco es improbable que alguna que otra atrevida silense hiciera uso del rígido “miriñaque” para resaltar el vuelo de sus enaguas.

Justillo o corpiño. Prenda que ceñía la cintura y sostenía el busto. Aunque en la última que nos ocupa apenas se aprecia esta prenda por estar cubierta por la mantilla, por otras referencias sabemos que podía adoptar varias formas: corta, sin asillas y reforzada, con asillas estrechas. Y, finalmente, otra con anchas asillas y escotadura.

En todos los casos el justillo se cerraba por delante en forma de “V” mediante un cordón doble o único y dispuesto en zig—zag. El tejido más utilizado en las islas para su confección fue el de cordoncillo de lana, pero de lo poco que de esta prenda se observa en la referida lámina y por otros dibujos de la zona, deducimos que su color dominante fue el blanco y el amarillo claro, y que seguramente aquí se confeccionó en su mayoría con tejido de lino grueso.

Enagua exterior o falda. De lana tejida en cordoncillo, en esta prenda radica uno de los rasgos más característicos de nuestra indumentaria tradicional, debido a la original disposición del dibujo de la tela en bandas longitudinales y de diferentes colores. La limitada anchura del telar usado en Canarias obligaba a la utilización de “dos altos” de tejido para su confección, lo que unido a la falta de uniformidad en el grosor de las bandas por lo artesanal del proceso es la causa de esa peculiar discontinuidad en el dibujo de la prenda una vez terminada.

De los aproximadamente cinco metros de tejido necesarios para su hechura, tres y medio se utilizaban para el “vuelo” y el resto, dividido en dos y tableado, conformaba la parte superior. En su borde inferior se disponía “la barredera”, constituida por un grueso vivo de lana y una banda interior de lino basto y cuya funci6n era la de proteger la prenda del roce; téngase en cuenta que esta enagua exterior llegaba hasta los tobillos.

La falda se sujetaba a la cintura mediante dos cintas introducidas en la pretina y atadas, una por delante y la otra por detrás. En cuanto al colorido y ateniéndonos al dibujo de Diston, habría faldas con combinaciones de rojo-amarillo, amarillo-azul o amarillo-verde, y las bandas posiblemente separadas o divididas por estrechas franjas oscuras.

Pañuelos. El pañuelo de hombros, pieza cuadrada de seda, lo usaban doblado en triángulo y colocando uno de sus vértices hacia la espalda; los dos restantes iban sujetos entre el justillo y la blusa o atados y colgando sobre el pecho. Los colores eran vivos y variados, lisos, con lunares o con estampados sencillos.

El pañuelo de cabeza, también cuadrado y de seda pero más pequeño que de hombros, era de uso constante, pudiéndose llevar, incluso, bajo la mantilla. Se colocaba doblado en triángulo y atándose de diferentes maneras:

por detrás, bajo la barbilla, sobre el moño,... o bien dejándolo suelto bajo el sombrero o la mantilla. Según la lámina, el color que domina en estos pañuelos es el blanco.

La mantilla. Era ésta una prenda de hondo arraigo entre la población rural canaria. Se confeccionaba con tejido de lana o lino de fina hiladura, prefiriéndose seguramente el de importación por su mejor calidad y ligereza, frente a la tosquedad y poco ancho del país. Su forma era aproximadamente la de un triángulo con la base doble de la altura y uno de sus vértices, el que va hacia atrás, redondeado. Las medidas se calculaban de manera que, una vez puesta, la prenda llegase un poco más abajo de la cintura.

La mantilla constituyó todo un símbolo de recato y la mujer canaria la usaba siempre que salía de casa, a la iglesia, a las fiestas o al paseo. Alfred Diston, en su lámina de Los Silos, nos muestra dos formas de llevar esta prenda: sobre los hombros, estando en este caso tocada la mujer con pañuelo y sombrero, y sobre la cabeza, bajo el sombrero. En cuanto al color, sólo se observan mantillas blancas o amarillas.

Calzado. Por esta época se usaba un zapato tipo escarpín de piel lisa y color oscuro, bajo o con un pequeño tacón provisto en su pala, como adorno, de una gran hebilla de plata o un lazo grande de la misma piel. También se usaría un zapato de piel virada, con “orejas” y ligas o los simples “mahos” de piel cruda sujetos al empeine y tobillo con correas. Hay que decir que los campesinos de la época raramente usaban sus zapatos, haciéndolo sólo con ocasi6n de fiestas o visitas a los centros urkanos; las labores cotidianas y la andadura del camino, las realizaban completamente descalzos.

Medias. Usadas en unión del calzado, eran blancas de lana fina, seda o algodón.

El sombrero. De forma troncocónica y ala corta, se usaba indistintamente de fieltro, palma o paja y por lo que se ve en este dibujo sin ningún tipo de adorno. El pequeño sombrero cilíndrico de palma no comenzaría a utilizarse hasta finales del siglo XIX o principios del XX.

El refajo. Prenda de trabajo, el refajo era una enagua de bayeta o franela roja y generalmente adornada con una, dos o tres cintas negras en su borde inferior. Se utilizaba en aquellas faenas en que era preciso remangarse, por comodidad o para no ensuciarla, la enagua exterior, evitando así ensuciar o mostrar las enaguas blancas.

Otros complementos. Las mujeres solían utilizar la “faldriqueras”, bolsas de tela atadas a la cintura bajo una de las aberturas laterales de la falda. Su arraigada superstición las inclinaba a portar cordones, escapularios y otros amuletos bendecidos por el cura.

Obviamente más difícil es saber el tipo de ropa interior usada por la mujer de esa época, pero por lo que se conserv6 de principios del siglo XX, podemos suponer que se compondría de una especie de camisón de manga corta y que se ataba a la cintura; encima el “cuerpo”, porción de tejido arrollado al pecho que hacía de sujetador y con la ropa de salir, calzones que llagaban hasta las rodillas.

2. TRAJE DE HOMBRE.

Camisa. Blanca y, como ya hemos dicho, de hechura muy similar a la blusa de la mujer, aunque confeccionada con lino más basto y resistente. Presentaba abertura por delante hasta la muñeca y provistas de hombreras y del “medio almud”. Los fruncidos en puños, espalda y hombros, permitían adaptarla al cuerpo a pesar de su cómoda holgura.

Calzoncillos o enagüetas. Blancos, de lino resistente y de perneras anchas hasta media canilla. Un pequeño corte posterior, que cierra con un cordón cruzado, permitía regular la olgura en la cintura; otro corte más amplio por delante servía de bragueta. Se sujetaba abrochado con un botón o atado con un cordón en torno a la cintura.

Chaleco. Esta prenda, en su dibujo y colores, era de las más características de la zona de Daute. La parte central trasera era confeccionada en lino grueso y el frente, parte superior e inferior traseras, de lana en cordoncillo de color rojo (más frecuente) o azul, con estrechas franjas oscuras dispuestas en sentido transversal. Generalizado y peculiar era el pico formado por el tejido de lana en la aparte superior trasera, sobre el de lino. De corte recto, cuello redondo sin solapa y pequeña escotadura, puede que llevara en su parte inferior trasera, dos pequeñas cintas atadas con una hebilla para ajustar el chaleco por la espalda. Esta prenda, provista de botones, se usaba generalmente desabrochada.

Calzón. Hecho también de lana tejida en cordoncillo, sus perneras, que llegaban un poco más abajo de las rodillas, tenían unas largas aberturas laterales provistas de botones o cordón trenzado, y en sus bordes inferiores sendas jarreteras con hebilla. La bragueta era del tipo “bávaro”, con una ancha portañuela que se abotonar a la pretina. En la parte trasera, al igual que el calzoncillo, un pequeño corte permitía mediante un cordón trenzado, regular la holgura en la cintura. Se sujetaba por delante con botones. Los colores más usuales en la zona serían el negro, el marrón y el azul oscuro.

Fajín, banda o ceñidor. Era ésta una larga banda de lana y colores variados: rojo, azul, principalmente, lisos o con dibujos en franjas verticales y cuyas funciones eran la de fajar la cintura para los trabajos arduos y a la vez sujetar el calzón y las nagüetas.

Calzado. Con características parecidas al de la mujer.

Medias. Usadas con el calzado de fiestas y del mismo tipo que las de la mujer.

Polainas. De lana del país (blanca o negra) y tejidas a punto de media como cinco agujas, podían llevar cubre-empeine o carecer de él cuando se usaban sin calzado. Se sujetaban sobre la pantorrilla mediante un cordón de lana, en su color natural o en colores vivos.

Cobija o manta. Esta prenda se confeccionaba con las ligeras mantas cameras de lana, de origen principalmente inglés, doblándolas y proveyéndolas de un grueso cordón y cinta de terciopelo que conforman el cuello. Los hombres más acomodados utilizaban capas con esclavina, de colores oscuros y hechas con tejidos de lana muy abatanados.

Sombrero. Igual al usado por la mujer.

Complementos. Generalmente los hombres portaban un cuchillo hecho en el país, un pañuelo —que atado les servía de moderador— y la cigarrera, que estaba dividida en dos, guardaban la picadura, el eslabón, la yesca y la piedra de chispa. Estos enseres los llevaban sujetos al fajín, mientras que en la mano solían llevar el garrote o palo, de una longitud aproximada de 170 a 180 cms.

En las labores del campo, durante el verano, el hombre seguramente prescindiría del calzón y del chaleco. En un personaje de la referida lámina de Diston se observa ya el uso esporádico del actual pantalón, que llegaba hasta los tobillos.

La indumentaria utilizada para el trabajo sería de tejidos de tosca calidad y sin adornos; la festiva de la mejor calidad posible a cada economía, con vivados, discretos bordados y botones de hueso o plata. Los niños vestían como sus mayores, aunque generalmente estaban desnudos o simplemente cubiertos con una camisa o un calzoncillo, los niños, y una blusa y una enagua blanca. las niñas.

La industria textil de la zona de Daute en el siglo XIX era muy pobre. Se trabajaba la seda, sobre todo medias y cintería, en mayor cantidad la lana, elaborando tejidos para la indumentaria y medias y también en cantidad, tejidos de lino para la ropa de casa, campo y vestuario. El tintado se llevaba a cabo después del proceso de hilado, con tintes del país: orchilla, cochinilla, barrilla, almendra, etc., o con los procedentes de Las Indias: palo de campeche y añil, principalmente. Las combinaciones de colores se efectuaban en el telar.

Gran parte de los tejidos y prendas del país serían adquiridos en los pueblos cercanos, de mayor arraigo artesanal, como Los Realejos, Icod, La Orotava, o el Puerto de la Cruz; o bien utilizarían otros de importación.

Y terminamos retomando la palabra de J. E. Casariego cuando al referirse a las inadmisible estilizaciones y reformas caprichosas y arbitrarias a las que ha sido sometido el traje tradicional, dice: “los trajes regionales fueron como fueron y así hay que aceptarlos, y si no nos gustan, prescindir de ellos. Cualquier modificación que ahora se les haga constituye una falsificación que, lógicamente, los quita sus valores de autenticidad histórica y estética y les deja reducidos a una mascarada”.


Este artículo ha sido previamente publicado en la Gaceta de Daute, editada en el año 1985.

Noticias Relacionadas
Comentarios
Jueves, 22 de Julio de 2010 a las 06:44 am - mireya

#06 GRACIAS ME ENCANTÓ EL ARTÍCULO. conseguí la información que buscaba.

Quiero hacer un álbum con ilustraciones, artículos de historia, dialecto de nuestros primeros pobladores, antes y después de la conquista.etc.. CON EL FIN QUE NO SE PIERDAN NUESTRAS RAÍCES, DÁRSELOS A CONOCER A NUESTROS HIJOS Y NIETOS. Y MI PROYECTO MÁS AMBICIOSO, MI ÁLBUM GENEALÓGICO como tributo a mis antepasados.

Lunes, 09 de Noviembre de 2009 a las 12:45 pm - diego m. Felipe

#05 que curioso.... yo habia entrado muchas veces en esta revista, pero no sabia de este articulo, ha sido editado de nuevo?, bueno a lo importante.. muchas felicidades¡ me ha gustado mucho el articulo, ya lo conocia(perteneci a el grupo mocan de los silos muchos años) y de este, se utilizo para confeccionar los trajes que dicho grupo vestia para las actuaciones y eventos diversos.La caratula del disco del grupo Mocan de los silos lleva la lamina (dibujo)descrita en el articulo, por si le interesa a ricardo, abrazos diego.

Domingo, 08 de Noviembre de 2009 a las 19:00 pm - atxoña

#04 No creo que describas algo nuevo... simplemente es un corta y pega de otros trabajos. Sobre todo de Juan de la Cruz. Para escribir un articulo hay que estar documentado no hablar por hablar. Saludos y a investigar

Lunes, 21 de Mayo de 2007 a las 15:57 pm - avviera2@hotmail.com

#03 me gustaría saber donde puedo conseguir tejido para hacer una chaqueta típica canaria de hombre. gracias

Sábado, 10 de Febrero de 2007 a las 21:04 pm - Teno

#02 Acabo de descubrir internet y con ello todo lo que se puede comunicar.

En Gran Canaria el término de blusa, ya desde el siglo XlX era para la camisa femenina, aunque los dos sustantivos también. En el hombre la camisa era lo mismo que el camisón, aunque estre último se refería a veces a la prenda más trabajada, alforjas, pliegues etc. La forma de distinguir una de otra. Hay que tener en cuenta los localismos lexicográficos. En cuanto a la palabra \"nagua\" servía para definir todas las piezas de vestir de la mujer cue iban de cintura a los pié. En las actas de protocolo de los antiguos legajos del A.H.P. asi lo confirma. El añadido de la e para formar la palabra \"enagua· fue posterior. En Gran Canaria hasta bien entrado el siglo XX el sustantivo \"nagua\" era muy utilizado.

En cuanto a los dibujos y aguadas de Alfred Diston, parece que algún personaje los quiere monopolizar, como si tuviera algún poder sobre ellos. El caso de que l obra de Diston no esté difundida, se debe en gran parte a la desconfianza de los poseedores por el protagonismo de otros.

Miércoles, 08 de Febrero de 2006 a las 09:19 am - Ricardo Reguera.

#01 Enhorabuena, creo que en este artículo reflejas de forma muy clara las indumentarias de los Silos (también extensible a otras muchas zonas). Me llama la atención el amplio conocimeinto que tenías de las vestimentas tradicionales en la época en la que fue publicado por primera vez (1985). La verdad es que es una pena no conocer la lámina de Diston que comentas. Por los datos que aportas debe ser muy interesante. Esperemos que en poco tiempo los dueños de estas ilustraciones se den cuenta de que este patrimonio no puede seguir ocultándose al pueblo canario. Te hago sólo unas apreciaciones a tus comentarios: considero que lo que llamas 'blusa' en la mujer debes llamarla 'camisa', que era su auténtico nombre por aquella época (igual que llamas enagua exterior a la falda debes llamar camisa a la blusa); las enaguas blancas no siempre iban profusamente adornadas con pliegues y encajes, esto es lo excepcional y sólo se daba en las enaguas de más vestir; de la ropa interior femenina ya se saben más cosas y considero que ninguna de las tres prendas que apuntas (camisón, cuerpo y calzones) tenían uso en esta época, aunque si en la etapa siguiente. Bueno, estos comentarios sólo los hago para dar un poco de 'vidilla' a esta sección, para ver si los lectores se animan a hacer artículos como el tuyo y a comentarlos y responderlos. Un abrazo y espero que continues con tus trabajos en esta línea.

Julia Santana (Santiguadora de Valsequillo) (Completo)

Juan Ramón Rodríguez (poeta de Tiscamanita)