Revista nº 550
ISSN 1885-6039

La saga de los Corujo III: La abuela Margarita.

Viernes, 07 de Octubre de 2005
Cirilo Leal Mújica
Publicado en el número 73

Según el decir del pueblo, una persona, como mi abuela, que habla en el vientre de la madre, nace sabia.



Hubo un tiempo, lamentablemente no muy lejano, que a los agricultores, pastores y cabreros se les privaba de la instrucción. A la escasez de escuelas se unía el interés del caciquismo por mantener al pueblo en las tinieblas de la ignorancia y la incultura. Sin embargo, hubo mujeres que, por accidentes históricos, tuvieron acceso al mundo de la cultura, de la lectura y la escritura. Ese es el caso de la abuela de los Corujo, Margarita Brito, la cual, además de enseñar a su propio marido, Juan Corujo, el jariano, sembró la inquietud hacia la cultura en sus hijos. Una herencia que, afortunadamente, el tiempo no ha borrado. Domingo Corujo Tejera rinde el tributo del recuerdo a su abuela paterna, Margarita Brito, la primera mujer en su familia que aprendió a leer y escribir y se empeñó en enseñar a su marido, Juan Corujo, el patriarca que mantuvo encendida en su aldea de San Bartolomé la tradición de los Ranchos de Pascua. Margarita Brito también se encargó de adiestrar a sus once hijos en el amor a las letras. En este tramo de la vida de los Corujo, Margarita Brito ocupa un espacio de honor. En esta historia nuestra, la presencia y el papel de la mujer, de ahora y de todos los tiempos, permanece en un segundo plano, apartada de las luces del reconocimiento. Cuando se emprenda la reconstrucción de la historia de la vida cultural tradicional de los pueblos, nos llevaremos muchas sorpresas al respecto. Muchos tópicos caerán para colocar en su lugar la contribución de la mujer en el desarrollo de las comunidades insulares.

"Mi abuela Margarita era una mujer sabia. Según el decir de las costumbres canarias, la persona que habla en el vientre de la madre es sabia. Cuentan que ella habló antes de nacer. Desde niña destacó por ese don. La casa donde vivían en San Bartolomé era una casa solariega, un caserón extraordinario, que lo había edificado una familia andaluza que se había exiliado en San Bartolomé. Desterrados, huidos o exiliados en Lanzarote por sus convicciones republicanas, por su espíritu revolucionario. Esa familia tenía una tremenda biblioteca. La muerte de sus miembros fue acabando con la familia. Al final quedaron dos señoras solteras, viejas y se encariñaron tanto con mi abuela Margarita que la hicieron amar los libros y la cultura. La niña, mientras atendía a aquellas dos ancianas, iba aprendiendo, mirando más allá de la isla, navegando con el impulso imaginativo de los libros."


Aprendizaje y ovejada.

Margarita Brito conoció a Juan Corujo, el ovejero, y se casaron. Domingo Corujo recuerda a su abuelo paterno como un hombre adusto, seco, aparentemente distante, pero con un gran mundo interno. Vivía mucho hacia adentro y lo expresaba cantando y bailando.

"Mi abuelo Juan era un hombre extraño, una especie de filósofo analfabeto. No era muy hablador ni dicharachero, todo lo contrario, reservado y callado. Su amor a la música lo demostraba con sus aficiones al baile y a las canciones, pero no era muy alegre. Sin embargo, cantando se transportaba, se le saltaban las lágrimas. Era impresionante la manera en que demostraba su sensibilidad, sus emociones. Mi abuela Margarita supo ver más allá de las apariencias y se casó con el pastor y se empeñó en enseñarlo a leer. Cuando tuvieron los once hijos, los cuales tampoco tuvieron posibilidades para ir a la escuela, ella se dedicó a enseñarles lo que aprendió en el seno de aquella familia andaluza ya desaparecida. Mi abuelo siguió la tradición de sus antepasados y tenía una ovejada de la que vivía la familia, de la venta de la lana, del queso y de la leche."


Un rico a caballo.

Domingo Corujo rescata de la memoria familiar la vinculación con el pastoreo en su isla natal. Evocando recuerdos de su propio padre, cuando éste era pastor, se remonta al tiempo en que gran parte de la isla de Lanzarote se denominaba monte. Un monte que sucumbió a las parcelaciones y ventas del territorio que terminaron por limitar y ahogar la tradición del pastoreo.

"El ganado se acabó cuando el monte se vendió en parcelas. Mi abuelo llegó a tener en ese tiempo unas trescientas ovejas que pastoreaban por un territorio que no conocía los cotos, las vedas ni las prohibiciones. A ese tiempo pertenece un personaje muy famoso y respetado, don Bartolo Torres, natural de Teguise, un amante del ganado que llegó a tener unas cuatro mil cabezas y nunca mató un baifo ni un cordero. Sólo permitía que se fueran matando los animales más viejos. Se cuenta de don Bartolo Torres que un día recogiendo la cosecha, cuando llegó la hora de la comida, los peones sacaron el gofio, el vino y lo demás. Don Bartolo montó a caballo para ir a comer a su casa. Uno de los peones le dijo:

-Don Bartolo, quédese a comer con nosotros…

Los hombres comentaron por lo bajo: "¿Cómo se va a quedar a comer con nosotros? Ése se va a su casa a mandarse los manjares…"

Don Bartolo le dio vuelta al caballo y se dirigió a los peones y les dijo:

-Yo daría la vida por sentarme ahí con ustedes y comer lo que están comiendo. Ustedes son los hombres ricos. Yo tengo un régimen desde hace tiempo y no puedo ni siquiera verlos comer porque se me saltan las lágrimas.

Mi padre, que era un muchacho chico cuando aquello ocurrió, me contó esa historia. Mi padre decía que ahí se dio cuenta de algo que nunca olvidó:

-Un hombre rico dijo que la gran riqueza es la salud.

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