Revista nº 542
ISSN 1885-6039

La Saga de los Corujo IV: El carnaval y los pescadores de Lanzarote.

Miércoles, 02 de Noviembre de 2005
Cirilo Leal Mújica
Publicado en el número 77

La mirada que vuelve al tiempo ido vuelve a la figura de los pescadores agricultores de Lanzarote y al rito carnavalero de los buches. En la vida de una persona y, especialmente, de una familia, se dan todo tipo de circunstancias, las dolorosas y las festivas. La implicación familiar en los ciclos y rituales festivos de Lanzarote es palpable en los Corujo.



En tiempos de Carnaval la memoria de Domingo Corujo se adentra en el recuerdo de vivencias vinculadas a estas fiestas en su isla natal de Lanzarote. Recuerdos y vivencias, como veremos en próximos relatos, que se enriquecen con los ritos y ceremonias del Carnaval Negro venezolano, al que Domingo Corujo asistió como observador privilegiado en su proceso de indagación y búsqueda de las expresiones, sentimientos y ritmos musicales ancestrales, raíces africanas en tierras de Bolívar. La mirada que vuelve al tiempo ido vuelve a la figura de los pescadores agricultores de Lanzarote y al rito carnavalero de los buches. En la vida de una persona y, especialmente, de una familia, se dan todo tipo de circunstancias, las dolorosas y las festivas. La implicación familiar en los ciclos y rituales festivos de Lanzarote es palpable en los Corujo. El abuelo Juan Corujo, como se ha referido en anteriores entregas, fue un hombre que contribuyó decisivamente a la preservación de los Ranchos de Pascua y, también, a la pervivencia del carnaval. Domingo Corujo recupera retazos de vivencias de pescadores y lo que significaba en sus vidas el carnaval.


El buche era el acompañante del marinero. Se confeccionaba con las vejigas de pescados grandes, los marrajos, el tiburón que tenemos por las aguas de Canarias. Entre Lanzarote y Fuerteventura hay cantidades de este tiburón enorme que no ataca. Es un tiburón que los pescadores no pescan expresamente, sino que cae junto a otras presas. Los pescadores le sacan el buche y lo resecan y cuando llegaban los carnavales lo metían en agua y volvía a ablandarse y lo volvían a inflar. Existía la frase en las familias de:

--
¡Muchacha, pon el buche a remojar que vienen los carnavales!

Lo que pasa es que también se confundió el buche con el trago. El buche en remojo era tanto remojar el buche del tiburón como remojar el gaznate. En cualquier caso, en Carnaval, el buche siempre se ponía al remojo.”


Dar buchazos.

El Tesoro Lexicográfico del Español en Canarias define la expresión “buchazo” como “golpe dado con un buche hinchado de aire. Durante los Carnavales se suelen hinchar de aire los buches de pescados, generalmente del mero, y blandirlos como si fueran porras; las máscaras dan con ellos golpes a los demás. El buchazo hace mucho ruido pero no duele nada”. Domingo Corujo, a partir de su propia experiencia, añade las siguientes apreciaciones.

El buche no tenía ninguna utilidad en el mar. Se empleaba para dar buchazos, al igual que el hombre del campo lo hacía con la vejiga del cochino. El pescador con las vísceras del pez y el campesino con la del cochino. Cada cual con lo que tenía a mano. En Carnaval la máscara de buche te ve y te da el buchazo. Los no marinos han recuperado la máscara del buche y las caretas, pero ya no forman parte del atuendo de los marineros. Antes las empleaban exclusivamente los marineros, los cuales se ponían una máscara hecha con mallas de una nasa, a las que les pintaban bigotes, boca y ojos. Las máscaras eran bastantes parecidas a las de un esgrimista. Los carnavales significaban tanto para los marineros que si no había viento para las velas el patrón gritaba:


– ¡Como me goce los carnavales le entrego mi alma al diablo!

Muchas veces se veían los barcos en el horizonte y sin viento que los arrastrase a tierra y los marinos impulsado el barco a remos. Aunque sea para llegar al último día del Carnaval. Por esta razón, cuando se acaban los carnavales, esta gente iba llorando por las calles. Esta forma de vivir el carnaval perduró hasta los años cincuenta. En ese tiempo los carnavales empezaban el viernes por la noche y terminaban el miércoles.


El mar y la tierra.

En un tiempo el hombre de Lanzarote atendía la tierra y el mar. Cuando las cosechas mermaban, las lluvias escaseaban, se cultivaban la mar. Una simbiosis entra la tierra y el mar que se ha desaparecido en los últimos tiempos.

Mis primos, por ejemplo, hoy son más marineros que agricultores o pastores. Pero en tiempos de nuestros mayores, se dedicaban más a la tierra y al ganado que a la mar. Los años muy malos en tierra los obligaba a embarcarse a la costa de África. Por eso, las costas de África y las nuestras son prácticamente lo mismo. Al igual que nosotros caminábamos hacia Venezuela en veleros, esa gente del norte de África viene para Canarias en pateras. Lo mismo que a nosotros nos recibían como hermanos en Venezuela, esa gente que llega en pateras, en Lanzarote y Fuerteventura, no la podemos recibir mal. Yo diría que tenemos que recibirlos como hermanos. Eso tiene que ser así, porque de aquí, en tiempos de hambre, íbamos a sus costas a buscarnos la vida, a ganarlos en sustento. Aquí se decía cuando salían a pescar:

––Vamos a la costa…

¿A qué costa se referían? A la costa de África. Cuando faenaban con barquillos artesanales, se acercaban a tres, a dos o a cero millas de la costa. Faenando se convivía más con la gente del Sahara que con los de las islas. Era una relación muy estrecha, familiar. Ahora nos los pintan como unos desconocidos, unos seres extraños, gente de otro mundo. Desde Lanzarote y Fuerteventura tenemos otra visión.


Entierro de la Sardina.

Al principio, el Entierro de la Sardina era cosa de chiquillos. Para los mayores el Entierro de la Sardina no era una fiesta a la que le prestaran importancia. Recuerdo que cada chiquillo llevábamos una sardinita y le pegábamos fuego. La metíamos en una cajita de botones o de agujas, le poníamos unas florecitas como si fuera un velatorio e íbamos por las casas pidiendo para el Entierro. Mi madre no me dejaba que fuera a pedir porque eso estaba feo, pero los chicos conseguían sus moneditas. Al final teníamos que enterrar a la fuerza a la sardinita porque existía la creencia que si no se hacía nos moríamos. Si alguno de los chicos, los mayores, las asaban y se las comían, eso lo sabía el pueblo. Para los mayores el Entierro era el trago.

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